
Definitivamente, el estar en Yucatán es como estar en un México que no conozco. A pesar de que el país tiene muchas tradiciones y cultura muy variada, aquí son orgullosos de ser mayas y todavía siguen sus costumbres, como el lenguaje. Todos, hasta los más jóvenes, usan palabras en maya mezcladas con el español. Así, a las iguanas les llaman Tolok, por ejemplo. Las mujeres están orgullosas de portar el Terno, vestimenta tradicional yucateca, y todos los hombres tienen por lo menos una guayabera entre su guardarropa. La comida es deliciosa, ¡los salbutes son mis favoritos! El acento es característico y único de Yucatán y por más que se quiera imitarlo, es imposible… es como si fuera un regalo que solo pueden tener los descendientes directos de los mayas.
Aquí todo se detiene, la gente no tiene prisa y en general son muy amables, o quizá lo sean porque de inmediato me reconocen como ajena, ya sea porque estoy a punto de desmayarme por el calor o por las miles de preguntas que siempre tengo o simplemente por la manera de hablar. Yo creo que es una mezcla de las tres. El lugar me gusta, por la cultura y la tradición. He descubierto que la Blanca Mérida no lo es solamente por los edificios, también lo es por las guayaberas y los trajes de los nativos. ¡Nunca había visto tanta guayabera junta en mi vida! Es blanca por la transparencia de la gente, por la falta de contaminación y por la tranquilidad que se vive y se respira.
A pesar de todo, extraño Morelia, que ya tiene las inclemencias de cualquier gran ciudad, por el tamaño y los problemas no por la grandeza. Extraño a mi familia y a mis amigos que se enojaron porque no les avisé a tiempo para hacerme una despedida. Por lo pronto, para curar mi tristeza, mañana me voy a una fiesta… en la playa!!!!!