martes, 29 de julio de 2008
Dejá Vu
El día que hablé con Gaby y que me propuso venirme a vivir a Mérida fue muy raro. Ella me saludó y lo primero que le dije fue que la había soñado. En mi sueño, las dos compartíamos departamento, o más bien lugar para vivir, teníamos un desastre de casa con ropa colgada en las paredes, pero lo más relevante de todo era el color amarillo con el que estaban pintadas las paredes de la hacienda llena de arcos. Gaby, en cuanto le conté lo del sueño, me dijo: es Izamal. Yo por supuesto me rei y le pregunté qué era eso. Resulta que Izamal es un pueblo muy cercano a Mérida, como a 40 minutos, que está pintado de amarillo… todo el pueblo!!!
Ya después me enteré que el lugar es bien conocido por el Convento San Antonio de Padua, que es el que tiene el segundo atrio cerrado más grande del mundo. Ahí ofició una misa el Papa Juan Pablo II, en una visita a Yucatán en el año 1993.
Es un pueblo en donde el tiempo se detiene. Solo estuve unas pocas horas ahí, pero eso sirvió para que el lugar me encantara. En cuanto entramos a la ciudad reconocí el color amarillo de mi sueño. Lo más sorprendente fue que cuando vi uno de los costados del convento era exactamente a lo que había soñado: con las rampas, los arcos y la herrería. No entré, pero la sensación de reconocer el lugar estaba presente… no tomé fotos porque no llevaba cámara, pero tengo que regresar pronto para entrar al convento.
De verdad que el lugar es como un oasis en un mundo moderno. Izamal es conocido como la ciudad de las tres culturas, porque hay vestigios de los mayas y de la conquista española, además de la época actual. Algo que es realmente impresionante es que en todo el pueblo hay ruinas mayas. Las casas, en sus patios, pueden tener una pirámide… de hecho la tienen!!!!!!
No cabe duda que estoy en una zona de México totalmente distinta. La cultura y la tradición están presentes todo el tiempo, si no en las ruinas, en las palabras mayas que son utilizadas diariamente por los yucatecos, o en la comida tradicional.
Diariamente convivo con tres yucatecos y estoy aprendiendo, poco a poco, los modismos del lugar mientras busco, en el patio trasero de la oficina, a las dos iguanas que nos visitan regularmente y a las que bautizamos como Jacinta, la más pequeña, y Felicitas, las más grande y escurridiza.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)